Fin de semana con Selena

Explicar el significado de Selena Quintanilla Pérez en el horizonte de la posmodernidad y sus culturas, tendría que ser una tarea designada a Carlos Monsiváis o García Canclini.

Explicar el significado de Selena Quintanilla Pérez en el horizonte de la posmodernidad y sus culturas, tendría que ser una tarea designada a Carlos Monsiváis o García Canclini. A falta de uno y de otro, asomarse al personaje mitificado por las masas, el de Selena Quintanilla Pérez fue el objetivo primordial del director Gregory Navas. Antes del film, Selena era apenas la cantante hispana más reconocida entre los años ochenta y noventa. Después de la película, Selena resultó como la evocación de la historia de miles de personas cuyo acto definitivo de identidad fue portar la doble nacionalidad del americano mexicano. Es liviana, es puro entretenimiento para un domingo por la tarde, es tal vez el más simple de los argumentos pero es de culto. Acercó a los desconocedores al delirio del fenómeno y reencantó a todo aquel que lloró el trágico fin de la vida de la diva en ambos lados de la frontera norte. Vagando entre flashbacks, la película corre entre su infancia hasta su apoteósico triunfo, entre la fórmula de Cenicienta sustituida con una historia de éxito. En el mito colectivo, su imagen latina llegó a ser objeto de devoción y uno de los motivos más solicitados para decorar un auto Lowrider o “la troka”. Se fue del mundo de los vivos, joven, reconocida, guapa y con un lleno en el Astrodome de Houston.

Su boca grande, sus tremendos diseños texmex, de “busties” alentejuelados y pantalones estrujados, dibujaron la bitácora de la niña que comenzó a cantar con Los Dinos, sus hermanos, y se transformó en joven talentosa y empresaria que introdujo el spanglish power con baladas tan divertidas como acarameladas. Dignas de la mejor telenovela, del taller de mecánica, la radio transnacional, las rocolas, los mercados populares, los autobuses que van a Tapachula y las noches de bohemia chicana.

Confieso que he visto la película más de veinte veces. Y nunca es más de lo que ya sé. Pero siempre resulta conmovedora en sus exageraciones. La familia Quintanilla Pérez, a través de los ojos de Navas, es excepcional y propensa a confirmar los estereotipos asignados a los hispanos, aquellos que se filtran entre el santoral católico y las morales de la familia modelo. También resulta ilustrativa de las crisis cotidianas que provocan las fronteras lingüísticas y el dominio del español como valor de identidad. Es un compendio de situaciones donde Yo y ‘you’ son palabras frustrantemente próximas pero encarnan la vasta gama de incomprensiones de clase, de lenguaje y de culturas.
Y así, despidiéndose por vigesimoprimera vez, siempre se llega hasta el fin de la película como se llega al fin de toda tragedia: sabiendo de antemano. Selena rehusará a caer en la imagen que le impuso su propio asesinato para luego recoger la rosa blanca y reconfigurarse como aparición de Virgen de Guadalupe posmoderna. Quién como Selena. ¡Qué belleza!

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